Desde que la jojoba fue introducida en la Argentina, hasta ahora, ningún organismo oficial ha desarrollado un plan de apoyo técnico para su cultivo. Los productores que decidieron incluir esta planta en sus planes de desarrollo, debieron avanzar a través del camino de la prueba y el error, con todo lo que esto significa en costos, demoras y desaliento. Así, muchos productores abandonaron definitivamente el cultivo, mientras que otros detuvieron sus planes de expansión y comenzaron a generar la información que necesitaban para disminuir el riesgo empresarial del cultivo, a niveles aceptables (Ayerza, 1990). Sin los resultados de este difícil y complejo proceso, la jojoba nunca podría convertirse en un cultivo comercial en el Valle de Catamarca.
Sin embargo, esta situación no ha sido exclusiva de las plantaciones del Valle de
Catamarca, las 3.296 hectáreas de jojoba que existen hoy en la Argentina, han debido seguir
este derrotero común.